martes , 19 junio 2018

¿Hay diferencias entre el teatro comercial y el teatro “de arte”?

Autor: Martín López Brie
Fuente: www.martinlopezbrie.blogspot.cl
(Enlace original https://bit.ly/2EqEflb)
México

 

Recientemente, en el coloquio organizado por la asociación civil RECIO, escuché repetidas veces, en boca de productores, programadores y gente de medios, decir que en realidad no había diferencia entre el teatro comercial y el “otro” teatro, que llamaban “cultural” o “subvencionado” (y que yo llamaré “de arte” de aquí en adelante)[i]

Cuando dije que la prioridad de las obras comerciales no eran los resultados artísticos, Jorge Ortíz de Pinedo me interrumpió, casi gritando y coreado por varias otras productoras, que no era verdad, que cómo podía decir eso.

Me parece que vale la pena dedicarle unas líneas a esta reflexión, porque a mí me resulta bastante clara la diferencia, y me sorprende que no la vean (o no la quieran ver).

Primero, unas preguntas.

  1. ¿Qué tienen en común el teatro comercial y el “otro” teatro?
  2.  ¿Qué tienen de diferente?
  3.  Y lo más inquietante… ¿Por qué a los productores de teatro comercial les preocupa tanto la separación que sugieren estas definiciones?

En primer lugar, debo decir que a mí me preocupa su preocupación, porque intuyo que busca hacer invisibles algunas condiciones que son importantes para nuestro quehacer cotidiano de creadores de teatro: la manera en la que producimos, la manera en que pensamos al público-espectador, la manera en que financiamos, la manera en la que trabajamos, las obligaciones del estado, las condiciones del modelo económico y las etiquetas de la ropa que nos ponemos para asistir a los estrenos.

La primera pregunta se responde sola. Es obvio que ambos tipos de teatro tienen muchas cosas en común, tal vez más cosas en común que diferencias. Edificios teatrales, butacas, maquinaria teatral, escenario, público, boletos, y un largo etc. Pero en este lugar se ubica el principal argumento que se esgrime para decir que son lo mismo: “Si vende boletos, es comercial”. Y bueno, sí, si vende boletos hay ahí una actividad comercial. Incluso podría existir dicha actividad sin venta de boletos, o sin venta de nada; con intercambios, por ejemplo, o con donaciones, o cualquier tipo de transacción aunque no implique dinero alguno. Pero eso es eludir el punto.

En la misma lógica podríamos decir que “Si un actor baila, entonces es danza”.

Es decir, que una obra o un tipo de obras tengan ciertas características de otras no las convierte automáticamente en el mismo tipo obras. Se le llama comercial, porque el objetivo principal es vender boletos, y se le llama “de arte” porque el objetivo principal es expresar un discurso artístico. Es decir, la categoría viene dada por las jerarquías que condicionan el proceso de trabajo.

Otro argumento muy socorrido durante el coloquio mencionado arriba fue que había obras buenas o malas en ambos sectores, y que por lo tanto no servía de nada hacer la diferencia.

También se insistía en que la división nos hacía daño a todos, porque era necesario “dar juntos la batalla” para fortalecer la “industria teatral” (y este es otro tema que merece revisar con lupa: ¿a qué nos referimos cuando hablamos de “industria” teatral?)[ii]

Como se ve, son argumentos simplistas que se sustentan en obviedades, pero vale la pena atenderlos más adelante.

La respuesta a la segunda pregunta aclara un poco el asunto sobre las jerarquías. En primer lugar, la diferencia principal está en el modelo de producción. Ambos modelos se parecen mucho, pero tienen diferencias fundamentales. Quien emprende un proyecto comercial suele ser un productor que invierte su dinero o consigue dinero de inversionistas particulares con el cálculo de recuperar la inversión y obtener alguna ganancia. Para conseguir esto, la realización de la obra se ejecuta en procesos cortos de trabajo, con objetivos y cronogramas muy rigurosos y bien definidos, con actores de cierta fama (de preferencia, que salgan en la tele o en medios masivos), con mucho énfasis en campañas publicitarias,  se presentan en teatros grandes que rentan a particulares (al menos hasta hace poco), con butaquería para 300 o más personas  y en una jerarquía de trabajo donde la última palabra la tiene el productor (Elenco, diseño de cartel, contenido sensible, etc.) por razones obvias.

El teatro “de arte”, sigue un modelo diferente: procesos de trabajo más largos, que implican cierto grado de experimentación y con calendarios más flexibles, que a veces no tienen fecha de salida o conclusión, con actores que no suelen ser conocidos por el público, paupérrima difusión, se presentan casi siempre en teatros pequeños muchas veces con acuerdos porcentuales sobre el ingreso de taquilla y en la jerarquía de trabajo la última palabra la tiene el director de escena o incluso el equipo completo en caso de creaciones colectivas.

Obviamente, no todas las obras catalogadas dentro de estos tipos cumplen todas las condiciones mencionadas, pero digamos que esas son las constantes más frecuentes.

Las obras producidas de una manera, generan ciertas condiciones en el proceso de trabajo que determinan los alcances de cada obra. Por ejemplo: es muy difícil que una obra comercial se arriesgue a experimentar con vanguardias artísticas o nuevas teatralidades, por el simple hecho de que no les da el tiempo (más ensayos equivalen a más dinero invertido) o por temor a que al público no le guste (y por lo tanto, no pague el boleto). Así mismo, es común que las obras de teatro “artístico” no sean del gusto de amplios sectores del público, porque la experimentación con lenguajes muy sofisticados o en proceso de consolidarse resulta ilegible para alguien que no es un especialista (y a veces incluso para los especialistas). También es más frecuente ver temas controversiales en estas obras, porque el discurso de cada una de ellas se centra en la figura de una persona, el director, cuyas necesidades expresivas y discursivas ordenan el trabajo y sus preocupaciones sociales, políticas, éticas, emocionales son las que quedan plasmadas en el escenario.

Y hay otra diferencia importante. El objetivo de las obras.

Todos, o la inmensa mayoría de los teatristas que conozco, se esfuerzan porque las obras les queden lo mejor posible, sean comerciales o no. Es decir, la diferencia no está en el propósito de hacer algo bueno.

Sin embargo, el objetivo principal de una obra comercial es vender boletos. Esto significa que todas las intenciones expresivas y estéticas deberán someterse a consideración respecto al objetivo principal. (¿O por qué razón contratarían a William Levy como actor?)

El objetivo principal de una obra “artística” es expresar algo. Esto significa que las intenciones comerciales  (y a veces hasta la paciencia del público) quedarán sometidas a esta necesidad.[iii]

En una conferencia escuché decir a Tomás Ejea, investigador de la UAM, que la diferencia entre los tipos de teatro la daba aquello que le iba a permitir al realizador, o grupo de realizadores, hacer la siguiente obra. Para un realizador comercial, lo que le permitirá seguir haciendo su trabajo es el éxito comercial de la obra; para un realizador “artístico” lo que le permitirá hacer otra obra será la aceptación de un grupo de “expertos” en teatro que le darán validación a su obra (y con ello, el acceso a subsidios y recintos estatales también subsidiados)

Yo agregaría una ampliación: se distinguen no solamente por sus fines y permanencia o reproductibilidad, sino también por su modelo de financiamiento y producción, que sin duda determinan los resultados estéticos y su alcance de público.

Una última diferencia: el costo del boleto.

El teatro comercial depende en gran medida de recuperar lo invertido por ingreso de taquilla, esto implica que el costo del boleto está definido por un cálculo entre el costo de producir la obra, mantenerla en cartelera y la cantidad de gente que cabe en el teatro. Son boletos caros que representan la dificultad de hacer obras teatrales. Hoy en día, 2018, van de $400 a $1,200 o más.

El teatro “de arte” tiene diferentes formas de financiamiento, pero la más común es el subsidio a través de programas del estado. Esto permite costos más bajos y la posibilidad de que accedan otros públicos a las salas. Los precios van de $45 (descuento para gente de teatro) hasta $300 en salas independientes.

Antes de seguir, aclaro: Todo bien con el teatro comercial. Este artículo no es una diatriba en contra. Me parece genial que alguien consiga hacer que algo tan difícil produzca buenos resultados económicos, venda boletos y alcance a mucha gente. No dudo que tenga un impacto positivo para la comunidad teatral en general, pues genera trabajo remunerado mismo que dignifica a los creadores.

Tampoco me interesa cuestionar la “calidad” de los espectáculos (atendiendo al argumento mencionado antes). Hay cosas excelentes y otras deleznables en el teatro comercial, en la misma proporción que las hay en el teatro “de arte” y en cualquier otro tipo de teatro. Se puede hacer bien o mal, y como es un proceso de trabajo que depende de lo humano, los buenos resultados son siempre difíciles de alcanzar; requieren tiempo, esfuerzo, concentración y dinero (o recursos materiales, al menos).

Y entonces llegamos a la tercera pregunta: ¿Por qué la insistencia en que son lo mismo?

¿Es porque no se han detenido a pensarlo?

¿Es porque quieren la validación, legitimación, consagración o “aura” que tiene la etiqueta de “artístico”?

¿Es porque quieren acceso a los espacios y presupuestos que facilita el estado para darle lugar a expresiones artísticas y así, en un cálculo mercantil, reducir los costos de producción?

Como se ve, no tengo una respuesta para esto, solo más cuestionamientos. Quienes insisten en que son lo mismo tal vez podrían orientarnos un poco.

Todo esto además, se cruza con otro problema no resuelto: el de las políticas públicas sobre el arte en general y sobre el teatro en particular, cuyo abordaje extendería mucho este texto, pero que no quisiera dejar sin mencionar al menos de pasada.

¿Cuál es el papel del estado en el apoyo y subsidio a las artes? ¿Por qué el estado mexicano tendría que dar dinero público para que se produzcan algunas obras de teatro y para que existan teatros de acceso económico? ¿Qué tipo de obras deberían ser apoyadas con el dinero de todos? ¿Por qué unas sí y otras no? ¿Quién decide eso? ¿Quién elige a los que eligen?

Las preguntas del párrafo anterior deberían ser discutidas en grupo por la comunidad teatral, porque no existe una sola respuesta que nos deje satisfechos a todos, y el bien común depende de que definamos juntos qué queremos para la cultura, el arte y el teatro en nuestro país.

El problema, hasta ahora, es que todo esto lo deciden unos pocos, y a veces ni siquiera se lo preguntan, solo siguen inercias o se estancan en burocracias que nos afectan a todos.

[i] La definición de “teatro de arte” merece un artículo por sí misma, pero viene directo de Stanislavsky y en resonancia con el devenir histórico de la puesta en escena como un arte independiente del texto dramático.

[ii] El tema de la “Industria teatral” merece en sí mismo otro artículo. Como aproximación al tema, recomiendo el libroEmprendizajes en cultura: Discursos, instituciones y contradicciones de la empresarialidad cultural, de Jaron Rowan, ed. Traficantes de Sueños.

[iii] Lo “artístico” se define por muchas otras cosas además de la necesidad expresiva de los creadores, pero no hay espacio aquí para abundar en ello. Desde mi punto de vista, una condición importante es la presentación de un punto de vista singular y diferente sobre el mundo que vivimos; es decir, que si una obra nos presenta las cosas como ya sabemos que son las cosas, su valor artístico se reduce de manera significativa. Esto tiene otra consecuencia, y es que el contexto en que se presenta la obra (y no solamente la factura de la misma) determina su pertinencia artística.  

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