Lunes , 20 Noviembre 2017

Griselda Gambaro: “Hoy el teatro es puro desparramo de ocurrencias”

Argentina.- Como suele suceder en algunos barrios de la provincia de Buenos Aires, la calle General Roca, de Don Bosco, tiene las numeraciones alteradas. En una vereda, los carteles indican mil; en la de enfrente, dos mil y pico. Esa variación, que puede confundir a cualquier visitante desinformado, no parece preocupar a los vecinos. No se ven letreros ni señales de advertencia. Tampoco hay lógica que explique el misterio. Sólo queda la confrontación: de un lado, mil; del otro, más del doble.

Griselda Gambaro vive en una de esas cuadras de numeración caprichosa. Casa grande de provincia, con reja y jardín al frente, plantas con flores coloridas, juegos para chicos, un gato, dos perros. La autora, de 86 años, abre la puerta y sonríe. Acaba de terminar la sesión fotográfica, el momento de las entrevistas que menos disfruta. Enseguida invita a pasar al living, ofrece algo fresco para beber y convida con galletitas dulces. Entonces, sí, se acomoda en un sillón, mira a los ojos y permanece en silencio. Espera que comiencen las preguntas.

Al poco tiempo (habrán pasado menos de diez minutos), la charla fluye entre reflexiones sobre el teatro y la dramaturgia, la literatura que la conmueve, los temas que la impulsan a escribir, los primeros cuentos para su nieta y su obra más reciente, El don, que se estrenará en julio en el Teatro Nacional Cervantes. La conversación discurre, claro, pero Gambaro se toma su tiempo para contestar. No es mujer de respuestas instantáneas, aclara.

Creo que las mujeres todavía tienen que hacerse su propia tradición teatral.”

A fines de 2014, Alfaguara publicó El teatro vulnerable, libro que reúne cerca de treinta textos de la dramaturga y novelista, escritos entre 1972 y la actualidad. Entre ellos hay artículos para diarios y revistas, conferencias y algunos inéditos donde reflexiona sobre la técnica de la dramaturgia y los procedimientos teatrales. En el prólogo, Gambaro dice que algunas de sus consideraciones de los años 70 y 80 pueden resultar anticuadas; en especial, aquellas en las que describe la situación de la mujer en el campo teatral porteño. Pionera en ese ámbito, marca una diferencia entre las miradas femeninas y masculinas al escribir una historia para la escena.

-¿Dónde advierte las diferencias en una obra escrita por una mujer: en la elección de los temas, en el desarrollo de los personajes?

-La mirada de una mujer siempre es diferente. Eso, felizmente, no ha cambiado. Por eso podemos aportar nuestras experiencias. Tampoco creo que actualmente exista un dominio patriarcal tan marcado como en otras épocas. Hay cada vez más nombres de autoras y directoras en la cartelera; mucho más en comparación con la etapa en la que yo comencé a escribir y a estrenar mis obras. Con todo, creo que las mujeres todavía tienen que hacerse su propia tradición teatral.

-Si alguien leyera una obra suya sin conocer el autor, ¿qué le indicaría que ese texto fue escrito por una mujer?

-Varios me han dicho que Penas sin importancia sólo podía haber sido escrita por una mujer. La malasangre, también. Tienen una mirada muy femenina. Hay una pieza más corta, Pedir demasiado, que es un conflicto de pareja donde la desdicha del hombre parte del sentido de posesión amorosa. Eso lo ve una mujer.

-Cuando define el teatro como vulnerable dice que esa característica se debe a que ciertas obras son frágiles. ¿Cree que tiene que ver con la manera en que se lo aborda en la actualidad?

-En realidad, el teatro es un arte tan rico que uno le puede agregar cualquier adjetivo y siempre puede ser pertinente, aunque sea por la equivocación que pueda encerrar. Cómo fue el teatro en el pasado no lo sabemos con exactitud, pero la impresión de lo contemporáneo es que está todo muy mezclado. Y eso lo vuelve vulnerable. Pero al mismo tiempo uno sabe que el teatro es de una resistencia feroz. Así que llamarlo vulnerable encierra también una contradicción.

Han aparecido autores a quienes les importa lo ideológico, lo político, lo social; y hay otros a los que no. Existe esa diversidad. Pienso que el teatro se muere si no se conecta con lo social.”

-Pero ¿por qué vincula la vulnerabilidad con la fragilidad?

-Porque hoy en día el teatro a veces es puro desparramo de ocurrencias. Y nada más.

-¿Se perdió la mirada sobre la sociedad y la política?

-No. Han aparecido autores a quienes les importa lo ideológico, lo político, lo social; y hay otros a los que no. Existe esa diversidad. Pienso que el teatro se muere si no se conecta con lo social. No es que lo tenga que hacer de una manera didáctica o polémica. Pero lo social está en el primer pensamiento propio que se le ocurre a un chico: ahí se ve el lugar donde nació, cómo se conecta con otros chicos, dónde estudió, qué alimentos come, qué bebe, cómo duerme, en qué casa vive.

-Es autora de teatro, de novelas y de cuentos. ¿Qué cuestiones la siguen conmoviendo y la impulsan a escribir una obra de teatro y cuáles, narrativa?

-Por lo general, no sé de dónde me surge la inclinación por escribir dramaturgia o narrativa. Para mí, es un misterio. Salvo casos concretos de trabajos encargados (como La malasangre, que fue un ofrecimiento de Soledad Silveyra), donde pienso en determinada dirección. Siempre sé el origen de lo que tengo entre manos, pero no sé por qué. Será porque estoy muy vieja y me olvido [se ríe].

-Le pregunto por la última, entonces. ¿Qué la llevó a escribir a El don?

-Surgió a partir de la situación del mundo, que es muy angustiosa. Es una especie de bomba de malestar, que va a estallar de un momento a otro. En la obra expreso una duda sobre la humanidad: son pocos los que hacen esto que llamamos la condición humana porque, si no, el mundo sería otro. Tengo la sensación de que hay gente que sigue luchando, pero resulta difícil con tantas mentiras, hipocresía. La facilidad del mal, no la banalidad.

-Empezó con narrativa y luego surgió la inclinación por el texto teatral. ¿Se acuerda de cómo fue? ¿Qué la llevó a escribir teatro?

-¡Hace tantos años! En esa época [década de 1960] veía mucho teatro, pero leía más. En algún momento me di cuenta de que la escritura podía tener esa forma; no quedarse en el libro, sino ir hacia un escenario. Mi marido me burla todavía hoy porque escribí una pieza sobre Van Gogh, que leí a un grupo de amigos, y ¡era horrible! Espantosa. Dejé de escribir por dos o tres años, ni intenté hacer teatro. Pero después, cuando decidí volver, escribí Las paredes, en 1963, que todavía hoy se sigue estrenando.

-¿Por qué se burlaba su marido?

-Por ciertas escenas que resultaban ridículas, qué se yo…

Ahora leo menos teatro. Toda mi formación fue leyendo teatro. Creo que leí para toda la vida. Los escritores somos seres muy egoístas.”

-¿Qué hace cuando no escribe?

-Leo mucho. Leo los diarios todos los días con mucha atención, y las secciones culturales. Eso lleva tiempo. Estoy muy conmovida con el libro de David Grossman, La vida entera. Los que dicen que la novela se acabó no saben lo que dicen. Son apocalípticos. Es un libro de tan amplia humanidad. Me conmueve cómo está escrito. Tiene una estructura muy particular. Me resultó chocante porque al autor se le murió un hijo de veinte años en la guerra, cuando estaba por terminar de escribir el libro. Leí hasta la mitad y ahora paré un poco porque sentía que me conmovía mucho. Al mismo tiempo, tiene un lirismo: es la belleza de cómo está escrito.

-¿Lee autores argentinos?

-Sí, me siguen gustando mucho Liliana Heker, Ana María Shua.

-¿Y teatro?

-Ahora leo menos teatro. Toda mi formación fue leyendo teatro. Creo que leí para toda la vida. Los escritores somos seres muy egoístas.

-¿Por qué?

-Yo digo: no tengo tiempo para leer. Estamos siempre pensando qué voy a escribir, cómo voy a escribir y leyendo lo que a uno le interesa. Uno relee mucho a esta edad. Hace poco releí El idiota, que había leído entre mi juventud y mi madurez dos veces. Pero no en la vejez. A mí me viene la ansiedad de volver a ciertos autores. No quiero ser malvada, pero hay diferencia con los jóvenes autores, que pueden ser muy buenos. Pero cuando uno lee a estos grandes es otra cosa. Pero teatro leo poco. Leo más ensayos, en especial si es histórico, que me gusta, y algo de poesía también. Y novelas. Me gustan las novelas.

-¿Cómo se reparte el tiempo para escribir?

-Depende. Son causas circunstanciales. Si hace mucho calor, por ejemplo, me cuesta mucho escribir. No puedo hacer nada. Sólo leer. ¡Qué trabajo mover la mano con la lapicera!

-¿Escribe a mano?

-Sí, siempre lo primero lo escribo a mano. La primera idea. Por lo general uso el reverso de hojas en desuso. Me dejan los originales de los concursos y suelo usar esas hojas como borradores.

-¿Luego lo pasa en computadora?

-No. Tengo computadora, pero no la uso. Lo paso a máquina enseguida porque tengo miedo de no entenderme después la letra. También es un gran trabajo. Tendría que dedicarme a las computadoras.

-Después de El don¿escribió otra obra?

-No. No suelo salir de una cosa para entrar enseguida en otra. Para mí siempre hubo un período de almacenamiento, de búsqueda, de desasosiego también. Yo he escrito toda mi vida. Mi vida está muy conectada con la escritura.

Para mí, es un placer. A veces, doloroso, pero siempre es un placer. Si algo tiene la literatura es que no es un instrumento muy dócil.”

-¿Se acuerda de qué fue lo primero que escribió y a qué edad?

-Empecé como todas las escritoras en mi época: con el diario personal y el epistolario, algo muy autobiográfico. Eso de jovencita. A los 26, 27 años presenté al Fondo Nacional de las Artes tres novelas cortas y saqué un premio. Uno puede publicar a los 40, pero uno no empieza a escribir a los 40. Empieza mucho antes: leyendo, escribiendo… Y además, me gusta.

-¿La escritura le sigue provocando el mismo placer?

-Claro. A veces leo que algunos autores, como Tito Cossa, dicen que escribir es un trabajo. Para mí, es un placer. A veces, doloroso, pero siempre es un placer. Si algo tiene la literatura es que no es un instrumento muy dócil. Es decir, cada experiencia de narrativa, de teatro, se presenta con sus características especiales. Va a transcurrir en otro lugar, serán otros los personajes, van a pedir otro lenguaje. Me obliga a pensar mucho antes. Si tengo la paciencia de hacerlo, entonces, fluye. Pero, por ejemplo, para la novela El mar que nos trajo había escrito seis o siete páginas como veinte años antes, en primera persona. Y no seguí porque no encontraba el tono. Se me hacía muy personal. Y de pronto, veinte años después, surgió la primera frase. Y ahí sí salió.

-¿Es doloroso cuando no encuentra la forma?

-Sí, o cuando uno cuenta algo que está muy conectado con uno. Como en una puesta en escena que tiene su parte de preocupación, pero siempre tiene que haber alegría, placer, porque si no mejor no hacer nada. Los ensayos, para mí, son el mejor momento de la puesta en escena. Y a veces hay unos conflictos que quitan toda la alegría del trabajo.

-En el libro reflexiona sobre la cuestión del autor y el director. Ese supuesto enfrentamiento entre el texto y la posterior puesta en escena.

-Yo dejo que hagan. Puede haber caminos paralelos. No pretendo que el director siga mi camino, mi visión. Pero tiene que ser paralela, yo me tengo que reconocer. Hay directores que no quieren saber nada con el texto, como Ricardo Bartís. Se puede hacer de todo con los textos. Lo importante es que lo hagan bien.

-Cuando ve en escena una obra suya, ¿sufre si se la cambian? ¿Cómo se siente con eso?

-Si la puesta me dice algo, si está bien representada, aunque sienta que esa obra no es mía, me gusta; me da otra visión sobre lo que yo escribí, lo que he pensado.

-En uno de los textos cuenta que cuando está escribiendo teatro se imagina una especie de puesta propia. ¿Ve los personajes encarnados, hablando y actuando?

-Claro. Cuando me preguntan cómo es este personaje me cuesta mucho dar precisiones, porque yo ya lo imaginé ahí, actuando, siendo. Tiene los acentos de mi propia pasión. Después, cómo sale eso en escena, no sé. Puede cambiar, ir para otro lado, y a mí me gustarme más todavía de lo que yo había pensado.

No suelo salir de una cosa para entrar enseguida en otra. Para mí siempre hubo un período de almacenamiento, de búsqueda, de desasosiego también. Yo he escrito toda mi vida. Mi vida está muy conectada con la escritura.”

-¿También le ha pasado al revés? ¿Se ha desilusionado?

-Sí, claro, por Dios. Eso, para mí, es muy penoso. Es duro, porque al final lo que uno entrega ahí es un pedazo de su carne, de su sangre. Yo tuve la suerte de trabajar mucho tiempo con Laura Yusem, con quien hicimos un muy buen equipo, entonces no sufrí tanto por esas cuestiones.

-Escribe también cuentos y novelas para chicos y adolescentes. ¿Cómo surge el público infantil como posible lector?

-Hace muchos años había publicado un cuento en Ediciones de la Flor, La cola mágica. Tenía dos o tres guardados que no había publicado. Mi nieta, que ahora tiene 19, cuando tenía seis se quedaba a dormir y me pedía que le contara un cuento. Esos primeros cuentos los escribí para ella. ¡Cuántas veces le habré contado La perrita Guillermina! Como ella los disfrutaba y se reía tanto, me di cuenta de que podía seguir. Se me ocurrieron otras ideas y entonces las escribí. Y me fue bien. Con El caballo que no sabía relinchar pasé los 50.000 ejemplares de venta. Pero si una idea, una situación, no aparece bien delineada, con fuerza, no me acerco, no trato de explotarla. Tiene que perfilarse de una manera muy neta en mi propia necesidad de escribir. Además escribí demasiado ya como para ponerme ahora a forzar las ideas.

-¿Da a leer sus textos durante el proceso de escritura?

-Mientras escribo, no. Después.

-¿Y quién es su primer lector?

-Por lo general, mi marido, una amiga, mi hijo, no muchos, y que tengan un pensamiento paralelo al mío. Porque el peligro, en ese caso, es que sea alguien que vaya para otro lado.

-¿Cuántos años llevan casados con Juan Carlos Distéfano?

-¿Cuánto hace? Este año harán 59, me parece. Muchísimo. ¡Un montón de años!

-Él es escultor. Tienen un mundo en común: el arte, la cultura.

-Sí, pero no es que hablemos mucho de arte, es la manera de ver las cosas lo que importa. Cuando éramos jóvenes, tratábamos de no perder el tiempo en salidas, éramos muy disciplinados, porque uno tenía empleos para ganarse la vida y, después, el tiempo libre trataba de aprovecharlo. Pero eso lo pueden hacer dos personas que piensen lo mismo.

-En el libro cuenta que una vez les preguntó a chicos de escuela primaria qué era el teatro para ellos y se sorprendió con las respuestas: muchos lo confundían con el cine. ¿Cómo le explicaría qué es el teatro a su nieto de tres años?

-¡Qué pregunta difícil! Le diría: es un lugar donde la gente juega y te hace creer y participar en ese juego. Te convocan para que juegues con ellos.

Por Natalia Blanc | LaNacion.com

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