Lunes , 20 Noviembre 2017
magister

El teatro especular: un juego necesario

Jesús Campos García
Revista de la Asociacio?n de Autores de Teatro, España

 

«No ha mucho, Peter Brook declaro? en una entrevista que, con el descubrimiento de las neuronas espejo, las neurociencias habi?an empezado a comprender lo que el teatro habi?a sabido desde siempre».

(G. Rizzolatti y C. Sinigaglia, Las neuronas espejo. Los mecanismos de la empati?a emocional, Barcelona, Paido?s, 2006, pa?g. 11.)

Pues eso. Desde 1990 ya es conocido el soporte biolo?gico en el que se sustenta nuestra empati?a: las neuronas especulares. E igual hubiera dado que tal sentimiento se generara en las un?as de los pies —mejor en la frente: los lo?bulos frontales le dan otra nobleza—; pues lo que realmente importa no es do?nde existe, sino su existencia; la existencia de la emocio?n compartida, o mejor, inducida: esos sentimientos, esas sensaciones que podemos llegar a experimentar con la sola contemplacio?n de la vivencia ajena.

¿A quie?n no se le activaron las gla?ndulas salivares viendo comer a otro? Un cla?sico de la empati?a. ¿O a quie?n no se le erizo? el cabello al escuchar un grito desgarrado? Es asi?: reaccionamos al uni?sono con los dema?s. Nuestra capacidad de ponernos en su lugar nos permite identificarnos con ellos y, de este modo, hacer que la experiencia individual trascienda y se convierta en experiencia social. A buen seguro, ese es el origen, el fundamento, la razo?n de ser del juego drama?tico: un pasatiempo que destruye, niega y altera la identidad (la individualidad) para, interpretando ser quienes no somos, poder desentran?ar mejor, ante propios y extran?os, la naturaleza de nuestros actos (en colectividad).

Es lo que hacemos cuando creamos una ficcio?n drama?tica: jugamos a ser otros. Otros en pugna, en crisis y en proceso: seres dina?micos surgidos del reciclaje de nuestras experiencias personales (vivencias) y colectivas (observaciones); seres con nuevas identidades que no son sino el reflejo de nuestros reflejos. La ficcio?n: un universo especular que, cuando se somete a las convenciones de lo que hemos dado en llamar «teatro», nos permite, mediante su representacio?n, observar la realidad, reflexionar la realidad, emocionarnos con la realidad, sin que la realidad nos acucie.

Bien es cierto que el territorio de la ficcio?n es mucho ma?s amplio que el a?mbito de lo drama?tico (lo narrativo), y que incluso lo drama?tico puede producirse en otros soportes (el audiovisual), mas solo en el teatro la comunicacio?n es inmediata, biolo?gica e irrepetible, lo que potencia en grado sumo la empati?a; a diferencia de la ficcio?n industrializada, cuya representacio?n diferida, inorga?nica y fosilizada, filtra y aminora nuestra respuesta neuronal. En el teatro, pues, se exprime al ma?ximo el reflejo especular, con la ventaja an?adida de que esta comunicacio?n vital no se produce de forma individual, ya que quienes representan nuestra realidad nos conmueven colectivamente. ¿Cabe mayor voluntad de reconocernos como sociedad?

En el teatro, pensamos, sentimos, hablamos como el otro; vivimos ser el otro; y esto, frente a los otros. Un ejercicio que no es que sea necesario; es que deberi?a ser obligatorio. Claro que podri?amos vivir sin teatro, como pudimos vivir sin el control del fuego, sin la rueda o sin los innumerables inventos de nuestras civilizaciones, pero ¿a quie?n le interesa retroceder? Nadie prescindiri?a de los logros que nos proporcionan confort: ¿por que? prescindir entonces de los que, como el teatro, nos proporcionan entendimiento?

Siempre lo sentimos asi?, solo que ahora, adema?s, lo sabemos. En nuestro cerebro existe un dispositivo neuronal que nos permite identificarnos con el otro, asumir el pensamiento ajeno, y no solo aquel que nos es afi?n, sino tambie?n el que nos es contrario. (Un mejor teatro defenderi?a por igual las posiciones protago?nicas y las antago?nicas). Y asi?, la verdad, lejos de ser una categori?a, viene a ser algo cuestionable, matizable, revisable. Frente a la verdad doctrinaria, la verdad inestable; que asi? son las verdades que nos transmite nuestro mejor teatro. De ahi? la prevencio?n de algunos, su continua sospecha, cuando no su agresividad ante lo mutable e inasible de la verdad drama?tica. De ahi? tambie?n el aprecio por este juego indagador de quienes quieren entender y no imponer. Jugar al teatro, con sus verdades plurales, ejercita nuestra condicio?n social, mientras que enrocarse en las verdades absolutas nos conduce al autismo. El autismo es eso, ahora se sabe: una disfuncio?n de las neuronas especulares, la incapacidad de verse en los dema?s. Y aunque solo sea por esto, el teatro, la gran caja especular, seguira? siendo, salvo que queramos convertirnos en una sociedad autista, un juego necesario.

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